I find myself reading good old Lars Norén y su diario de 2015 al 2019. Tiene varios a mi entender. Este diario se le marca por ser uno una pizca macabro. Piensa como los antiguos romanos alentaban a la vox populi hacer: memento mori. La muerte le acosa cada aurora y amanecer en doquier se encuentra. Pero no es eso lo que me llevo de la lectura sino otra cosa que siento está más cerca de su servidor: El lenguaje sueco. Ni tan cerca si me permiten una pizca de humildad y lo digo porque el idioma sueco es un idioma que no se deja aperingar como decíamos en mi barrio. Según la red, aperingar es un vocablo sudcaliforniano pero yangas zonzos, eso lo tengo desde que era un plebe en las calles de asfalto del tango de tj. Es una anguila babosa, no se deja aperingar ni de cura.
Ahí ustedes disculparan si hablo como en mi pueblo. El caso es que el idioma sueco se caracteriza por ser genuino como cualquier otro idioma. Y si uno carga una genética lingüística como la mia, o sea, inglés y castellana, pues uno parte viento en popa con su lancha a otros destinos pensando que lo que uno sabe del mundo es aplicable en otros lares. Error diría mi buen amigo José aka el Cheche, no hay que pensar. Justo hice lo contrario, pensé.
Me llevó muchos años comprender el idioma sueco. Saber hablarlo y comprenderlo no es el problema de este código lingüístico. Como en la trinchera de Mariana, hay lugares que no saben del sol. Y no bastaría con los misterios del lenguaje que cada idioma posee. No, el sueco en si no solo se escapa de las manos de uno sino que le hace unas burdas jugadas hasta a sus propios nativos. Por ejemplo, uno de mis primeros errores en hacer del sueco mio fue creer que un buen vocabulario sería lo más óptimo en poseer pero no, entre la vox populi, tener un buen vocabulario no es sinónimo de buena educación como dicen los hispanistas o creen y aceptan los del habla inglesa. Aquí, tener y usar un vocabulario extenso à la Ruben Dario no significa ni pío. No te hace más importante que el talabartero o el conserje de una escuela. Los astutos pensarán en ese eje de valores culturales que los escandinavos aprecian: la equidad. Pero no, de hecho, aquí en Suecia tener un vocabulario extenso no te hace mejorar la raza como dirían los fachos light de mis país. A nadie le importa que sepas más palabras que otros.
Leyendo a Lars Norén caigo en cuanto cuan grande es esta brecha entre la raza de Suecia y sus guerras culturales. La tensión entre ser humilde y poseer conocimiento es tan tensa como la falla de San Andrés. Y es que aquí en Suecia los que se dedican a las letras son una especie del Club de Tobi. El motor de esta guerra es la moral y sus valores principales que deberían de guiar a una sociedad. Por un lado, se sabe que hay una sociedad que se alimenta del lenguaje, perdón, administra el lenguaje para sus propios fines y el otro bando que le recalca sus faltas de equidad, que lo que su participación hace para avanzar el lenguaje y la sociedad no es más que ventaja propia.
El señor Lars Norén es un protestante muy pulcro, le molesta la hipocresía y más en el lenguaje y sabe como usar el idioma para puntualizar las flaquezas del otro bando. Para los que saben leer. Porque el lenguaje no es para la vox populi, sino para esos que saben leer sueco que él escribe. El señor cae en ese elitismo que juzga sin piedad o otros. Lo curioso es que son unos pocos.
Las cosas de los humanistas de élite no importan más que saberle ganar a una de las mayores pruebas de las contiendas académicas del país, högskoleprovet. Es ahí donde importa saber, porque los demás, como mi lenguaje común de mi pueblo, nadie más allá de él saben de lo que uno habla.
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