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latidos con lápidas tumbadas

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8 April 2005 5 Min Read
Comments Off on latidos con lápidas tumbadas

Aquí­ da el clima para todo, y hay un surplus de pensamientos ya. Se escucha el chillido de las gaviotas, hay comida. Los rí­os corren libres, es primavera y hay fragmentos de hielo flotando con rumbo al Mar Báltico, a ver si alcanzan a llegar í­ntegros, de Stockholm with love. Los miro alejarse desde el camino que cruza el Metro, los rieles en este puente arriba de los demás, abajo el tráfico de vehí­culos. La luz del dí­a, la ciudad y sus majestuosos edificios de hace dos siglos secuestran mi alma. El silencio, como la brisa que pintó la luz matutina, grisáceo extralight, donde el sol es albo y los cúmulos merodean las calles empedradas donde se mira que unos turistas ya deambulan apuntando con sus dedos los ornamentos barrocos de los edificios, llena los espacios de miradas vagas, miradas en otros sitios, miradas que no buscan otras miradas. No hay palabras, sólo la música turca que invade los tí­mpanos desimprovistos de lo espontaneo al subirse un hombre con un acordeón para pedir unas cuantas coronas. Miro hacia afuera, la ventana es lo único reconfortante ante esta espera, de punto A a punto B.

Es entonces que me acuerdo de las piernas de Elena. Mi amiga más í­ntima, con ella no habí­a nada secreto. Todo nos lo sabí­amos. Es ella la que mi mente busca en el reflejo de la ventana cuando lanzo mi mirada hacia el vací­o que la vista de la ventana del vagón me da cuando miro los edificios de Estocolmo.

Nunca la amé, nunca le busque hacer el amor ni tampoco me interesó saber más sobre el lunar que tení­a cerca del pezón en su seno izquierdo, su favorito, el cual, de por cierto, tení­a una historia larga, larga, que Elinitis, como le decí­a de cariño, me contaba cada vez que la mirada cambiarse de ropa en la botica en la que trabajaba. Sorpresivamente nunca me acusó de joto, ni mucho menos me reclamó que nunca le dijera que tení­a un cuerpo para hacerse varias masturbaciones en noches de soledad, sabí­a muy bien qué tipo de mujeres me gustaban y además sus amigas le vení­an con el chisme luego luego cada vez que sabí­an que me habí­a acostado con zutana o mangana, así­ nos gustaba, tení­amos a todos en vilo y así­ ella sabí­a de mi y yo de ella, siempre de lo que hací­amos nos lo hací­an llegar nuestras mejores amistades. Creí­an que andábamos juntos y así­ los dejamos creer, nunca desmentimos ni afirmamos nada. Nunca nos contábamos tampoco lo que hací­amos con nuestras parejas, creo que concordábamos mucho en que el sexo era uno de los actos más overrated como cuando me dijo aquella vez que perdió su virginidad y cuando concordé con ella cuando yo perdí­ la mí­a. Mas siempre me dejaba pensando cada vez que me me mencionaba “y me quedé con él un rato” tras decirme que habí­a pasado la noche con tal y tal. Siempre me he sentido raro quedarme con alguien después de mis actos sexuales y me voy tan pronto acabo, nunca pude entender como es que ella sí­ lo podí­a hacer.

Creo que nuestra relación se debió mucho a que entre nosotros nuestros cuerpos descansaban de ese ajetreo de atracción sexual que hay entre mujer y hombre, de la carrera carnal de buscarse los buenos atributos entre sí­, buenas nalgas, buenas pompis, buenos senos, etcétera etcétera. Podí­amos ser quienes eramos sin miedo al tabú, ni las religiones ni nada, eramos, simple y sencillamente dos humanos que podí­an ser como tales, humanos. Y pensar que todo empezó por las piernas.

Estábamos los dos tomando el sol en playas de Tijuana, cerca de Punta Bandera, por San Antonio de los Buenos queriendo tostar mis piernas hasta que quedaran como las de ellas. Antes le habí­a mirado corriendo por las arenas mojadas unos minutos y note sus piernas morenas, prietas, con unos vellos negros, lindos, me miro mirándola y puntualizó las mí­as, que gíüeras me dijo, deberí­as de acostarte a mi lado, así­ se pondrán como las mias me dijo. Le hice caso sin más ni menos y así­, crecimos juntos descubriéndonos poco a poco hasta que llegó nuestra adolescencia, nuestra adultez joven. Realmente nuestro amistad nunca sacó a flote a discusión el del por qué tanta la confianza. No fue hasta que mi interes por la literatura japonesa, la cual llegó a mí­ como un correo retrasado que se anuncia hasta en los periódicos por la novedad de su retraso y llegada que me puse a pensar en mi sexual drive. Yukio Mishima discute mucho este tipo de sentimiento carnal. El deseo sexual, como la molestia que viene siendo. El peor acto de satisfacción que tanto pide para que dure tan poco. Una vez se lo confesé. El sexo me da flojera, le dije una tarde en pleno mes de Semana Santa y hasta elegí­ el dí­a, Viernes Santo cuando se dice que Cristo sufrió las tentaciones del diablo, mientras consumí­amos carne blanca. “Es que no te has enamorado” contestó Elenitis, que es lo que me daba cada vez que abrí­a una nueva lí­nea de conversación en nuestro repertorio de free parlance. Pero te equivocas, agregó, porque Mishima habla más de como la sociedad japonesa tanto como la inglesa en ciertos respectos, a principios de siglo obligaba a todos los hombres casarse y tener hijos aún siendo estos últimos homosexuales, habla de sangre frí­a, de sacar venganza de viejas rencillas y rencores. El que sí­ demostró el tipo de amor al que te refieres es Kazuo Ishiguro en su novela Remains of the Day. Nuestras conversaciones duraban hasta meses sin interrupción alguna y bien podí­an pasar semanas sin vernos y todo parecí­a como si la conversación la hubiésemos dejado para pensar mejor las palabras que iban con el tema, así­ caminábamos también, nos í­bamos caminando por todo el Boulevard Agua Caliente hasta llegar a la Lázaro Cárdenas a veces sin decirnos ni una palabra por todo el camino, eso sí­, volteábamos al son de un reloj juntos cada vez que veí­amos la plaza de toros.

El Metro llegó a su destino y la voz del audí­fono me saco de mis pensamientos, hace 15 años que no sé de Elena, y mi corazón late rápido al pensar cuanto tiempo ha pasado desde que deje Tijuana para irme al extranjero.

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