Yonder Lies It

El nacer de un Crepúsculo nórdico

Bueno, el otoño empieza a despojar su vestido de verano, adiós a los colores fuertes, los retoños que sacaban las sonrisas de su invernadero y las expectativas de ver nacer una flor albergadas en una esperanza de antaño. El sabor de las frambuesas, las bayas sui generis suecas como las grosellas, su sabor aún en mi paladar. Y si cierro los ojos y me acuerdo, veo las espinas de las grosellas con temor aún. El sol brilla menos y el sol se oculta cada vez más temprano. Se va como un adolescente lo hace, sin decir pío ni aguas. Las hojas de los árboles se tornan amarillas y a otras le da a un rojizo que seguro después admiraré como un último fuego fugaz del año en estas montañas del altiplano sueco. Las sombras del solsticio invernal (ese no se celebra como el solsticio del estí­o) asoman sus telas negras al paso de las horas cada vez cubriendo más el cielo de un fondo estrellado por los alucinantes espacios, llenos de planetas y demás cosas pertinentes al universo, si acaso las nubes mediante nos permiten gozar de ello, mientras, acá, un ente lanza una mirada suya a un poniente no muy lejano, aquí­, tan aquí­, cerca de mi mente, alejada de mi vista. Dejando correr los segundos que me parecen eternos, lucho contra el presente que ya es un pasado que solo quedó en en esta pobre memoria.

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