La tierra. El Changais de eso se trata, de la tierra. La mia, en la calle tercera, con Doña Toyona, en un vecindario donde las mujeres lavaban la ropa con un refregador de metal, era de un color kaki. Siempre seca a mi entender, la tierra, no la ropa, fácil de hacer un hoyo en ella o una franjita más bien. Es de entenderse, la tierra en Tijuana siempre lleva arena de la mar en ella. El Changais era una cosa seria, había reglas que seguir al jugar el juego y las disputas no se hacían esperar, muchas negociaciones de por medio si algo no cuadraba en ese juego de hoyos. Lo digo porque eramos unos simples escuincles y quién nos enseñó las reglas ni quién sepa pero al jugar y las memorias solo sé que el juego estaba en marcha con una pasión que marcó el juego como algo importante de recordar. Eramos varios en ese terreno que era grandísimo para uno de 4 ó 5 años pero que era un simple patio cualquiera desde un punto de vista a mis 60 ya casi.
Esas memorias se me vienen a mente como si hubiesen ocurrido ayer. Son parte de mi identidad, de mi ciudad. Rascar la tierra lo llevo en la sangre. Mi madre, a mi entender gustaba de comer tierra. Creo que me desvío el tema, como siempre, comento el juego por la siguiente razón: ocurrió. Es un hecho. Huelo el polvo de la tierra al escarbarla hoy, y eso que para mis tiempos, la tierra era ya una piscina de bacterias. Aquí lo importante quizá es recordar que Tijuana yace cercas de un desierto y la polvareda no se hace esperar y ni cómo menospreciar su impacto.
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