Empiezo el año con los mismos sueños de antes. Leer y leer un montón, sin disciplina alguna, como siempre, un poquito aquí, allá, un poquito acá, de página en página. Indagar las fuerzas que se necesitaron para imprimir lo que se intenta difundir. La selección de letras, los pensamientos que plasman en un acto tinta y materia para que futuros ojos escaneen lo imprimido. Puras de esas. En esta vida, para lograr algo, me di cuenta de ello hace miles de años atrás, que para lograr algo productivo, se necesita un poco de disciplina, ser consistente, proseguir en lo mismo a la vieja usanza como si uno fuera asiático de alguna forma y terminar en una especie de zen celestial. Y antes de que empiecen mis detractores a gritar racismo, creo que por lo general, las culturas del mundo si algo han logrado en estar de acuerdo, es que las cuestiones de estudio, como las matemáticas, tienen y requieren de una estructura que les conlleva a seguir un patrón, palabra curiosa por demás. Bien pude decir Afganos, indios o hawaianos. Se comprende humilde lector. Sin las estructuras y el delineamento, no habría una trazo a seguir para poder darle seguimiento al estudio. Algo que nos guie. No soy una oveja, nunca lo he sido, sigo mi camino y me tocó ser un judio errante. Camino y mucho, a mí manera pero con el castigo delante. En mi tiempo libre, claro, sé ajustarme también a las fuerzas del orden, como cualquier vil sirviente, a alguien hay que servir. Nadie me va a decir a donde mirar o seguir siempre y cuando cumpla con la sentencia de mi destino.
Si no es mi cerebro y sus miles de insistencias de que por aquí o por allá o de que así o asa justo al rayar la primera luz del día o a no ser por la paralices que mis sueños infunden en mi diario devenir de vez en cuando que obstruyen para poder salir del sueño que me embarga mi catre, pues será la sociedad con sus miles de exigencias de que esto u lo otro para lograr aquello u esto cuyo propósito impidan el paso de mi voluntad como una piedrita más en mis huachaches simples y sencillos.
Por suerte, tengo un poco más de libertad para movilizarme en los entornos que tengo en mis labores para poder disfrutar un poco del caos que otorga y brinda un poco de estudio a mis anchas en las pocas horas que me toca estar despierto. Sinceramente, lo poco de tiempo que se me otorga no me ajusta y causa una especie de neuroticismo mental porque hay demasiado que abarcar para mis satisfacción y como diría Oscar Wilde sobre un cigarrillo y la gracia de este: nunca lo deja a uno satisfecho ese placer.
Aparte de leer llevo la mitad de este enero aprendiendo otras lenguas ya sea en mi teléfono inteligente o de alguna otra forma en mi computadora aproximando alguna forma de disciplina ante ello o simplemente dándome golpes de pecho para dar una simulación de que estoy haciendo algo al respecto con las intenciones que me propongo. Me molesta mucho que dos de mis idiomas que domino tengan mayor representación que la una cuyo terreno se encuentra explayado en estas letras.
Respiro y leo, existo y después leo.
Estudiar, sin embargo, es la única forma que tengo de existir al día hoy en día, se puede decir, estudio. Leo, y estudio. El denominador más común en todo esto. Se puede decir que la ambición, puesto que es una ambición, es el simple hecho de estudiar. Eso es lo mio, sin meta alguna por estudiar, aquí o allá, la cosa es descubrir algo nuevo que abra la mente o deseo de lograr algo por ello y si algo da resultado de ello pues que más que bien. Estudio por estudiar. ¿Hay ambición de algo más quizá? Mentiría si dijese que no. Quiero ser más fluyente en los idiomas que entretengo estudiar o acabar de leer los libros que leo. Y no, no quiero ser experto en nada, me gusta mucho la ignorancia como para poder decir o presumir, que sé; nada de eso,
el arte de estudiar es saber vivir en él.
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