No manches

Vaya tení­a años que no veí­a esa parte de la pared. Y ahora, mi maní­a, como siempre, dándome qué hacer, me retrocede a un pasado que bien tení­a en hacer a un lado. Mas diez años en reprimir un momento practicamente histórico en mi vida bien valdrí­a la pena retroceder un poco y recordar la causa de tal mancha en mi pared.

No es que sea un cochino, como mexicano, sufro de esa maní­a de limpieza que no sé de donde la sacamos. Mas así­ somos y ni qué hacerle, bromistas de mal gusto harán bien en evitar alusiones a las cucarachas pues nada más falso serí­a ya que el mexicano adora la luz y es el personaje más honesto que he conocido, somos muy sinceros hasta con nosotros mismos. Confieso, sin embargo, como la mancha que tengo presente delante de mi, que solemos reprimir muchas memorias de mal gusto. Eso tiende a causar problemas de otra naturaleza, como la mancha que tengo presente, o sea, nada más porque evitamos ver lo que está presente entre nosotros eso no quiere decir que lo indecible no adquiera vida por sí­ mismo. Vean la mancha de mi pared, roja, un tanto descolorida pero presente. Así­ nuestras memorias colectivas.

Rioja. Recuerdo cómo la botella agarró vuelo. Me alteré. La altercación hizo que los humores se me alzaran y a no ser por la llamada aquella, no sé que hubiese pasado. Mas recuerdo el curso del liquido rojo y cómo este estrellaba contra la pared. Observé, dentro de mi ebriadad, para que vean que esta maní­a no es nada más de sobrios, justo a donde fue a dar cada una de las gotas del salpicadero que causó el violento vuelo de mi estado emocional. Eso creí­a, hasta hoy, viendo, tratando de figurar, como mejor darle batalla, a esta mancha de más de diez años de vieja, jode.

Tení­a dí­as esperando la llamada y quizá eso fue la salvación de aquella noche histórica ya. Contesté con la voz rasposa, gastada de tanto grito lleno de coraje por no poder comunicarme tan bien como quisiera. Al escuchar la voz que habí­a, con mucha paciencia esperado por dí­as, mi tono de voz tuvó un paro inmediato y me turné templado ante la situación. Escuché con atención el climax de un labor de varios años desenvolverse en unas cuantas palabras. Habí­a laborado por años en un problema cuyo desenlance por fin daba resultados. Quedé mudo y salí­ de mi casa para ver con mis propios ojos aquel anseado momento. Fue posible lograr lo deseado y ahora, en unos segundos, en una llamada, mi vida alcanzó avances al ritmo, al paso, velocidad de la luz.

No sé cómo se me escapó está mancha. Pero ahí­ está. Era un buen vino después del todo. Rioja, de Muga, Prado Enea, 1976. Ha de ser la maldita cereza.

Jode, tendré que cambiar el tapete de la pared.


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